Cómo me convertí en profesor de Universidad

Para 2012 estaba transcurriendo mi segundo año facultativo, que en una universidad como la de Rosario, todavía era ser principiante y estar descubriendo el mundo de la Historia.

Sin embargo, ya para ese momento aprobaba la materia Historia de Europa III (lo que conoceríamos como Europa Moderna), y me daba cuenta de que necesitaba saltar un pasito más.

La docencia empezaba a ser una proyección a futuro, por lo que ser ayudante de una cátedra no me parecía algo descabellado; por el contrario: era algo necesario y una posible ventaja respecto a la formación de mis pares.

Si bien no siempre estuve convencido de estar en donde más me gustaba, sabía que la cátedra a la que quería ingresar era una garantía de aprendizaje: un buen clima de trabajo, un espacio donde se me daría lugar para aportar y cancha para progresar.

Y así fue. Concursé (o sea, rendí el "examen" para ser parte), ingresé y junto al equipo de cátedra, comenzamos a reunirnos con frecuencia. Lo importante para mí vino muy rápido. Se me asignaron textos, en los que debía evaluarlos en mi condición de estudiante y asesorar a la jefa de cátedra sobre su pertinencia para ser incluidos en el programa. Empecé a colaborar en el facilitamiento de material de estudio para los estudiantes de la materia. Y finalmente, algo que no esperaba: mi primera clase. Y en la universidad.

La temática asignada fue la historia de los Países Bajos. Lo hice, y sabía dentro mío que era algo en lo que debía mejorar. Pero fue la primera de tantas clases en universidad, y desde 2019 puedo decir que el aprendizaje durante estos años fue determinante en mi carrera.

El estudiante universitario es otra cosa al de secundaria. No tiene la obligación de asistir y, por lo tanto, va a escuchar. El ser ya adulto hace que requiera de mucho mayor grosor en materia de contenido de enseñanza...y también del uso del lenguaje.

Sería una verdadera suerte si a futuro sigo enseñando en el ámbito terciario o universitario, pues el clima para trabajar es comodísimo, y además es lo que a uno le gusta: historia pura.