Soy de los que creen que la historia no se estudia, se vive, se siente y se transmite. Si algo me han enseñado mis años recorriendo instituciones de todo tipo —desde aulas con adolescentes inquietos hasta centros de formación para adultos, incluyendo un establecimiento penitenciario— es que nadie conecta con un dato frío si no hay una buena historia detrás. Mi vocación nace de esa pasión por ente...
Soy de los que creen que la historia no se estudia, se vive, se siente y se transmite. Si algo me han enseñado mis años recorriendo instituciones de todo tipo —desde aulas con adolescentes inquietos hasta centros de formación para adultos, incluyendo un establecimiento penitenciario— es que nadie conecta con un dato frío si no hay una buena historia detrás. Mi vocación nace de esa pasión por entender de dónde venimos, pero mi experiencia se basa en la paciencia y en saber que cada grupo es un mundo con contextos diferentes.
Me alejo del dictado eterno y las fechas de memoria (he comprobado que eso no da resultados). En mis clases, prefiero que analicemos la política romana a través de una serie, que entendamos los conflictos bélicos mediante un videojuego o que debatamos la ética de una época viendo una película. Estos recursos no son solo entretenimiento; son las herramientas que permiten que un joven de 15 años o un adulto con poco tiempo vean que el pasado tiene mucho que decir sobre su presente.
He trabajado en contextos diversos y eso me ha dado la flexibilidad necesaria para bajar a tierra los conceptos más complejos con ejemplos claros y cotidianos. Mi objetivo es que, al salir de clase, mis alumnos no solo sepan qué pasó, sino que tengan las herramientas críticas para entender por qué pasó. Al final del día, enseñar historia es enseñar a pensar, y no hay mejor forma de lograrlo que hablando el mismo lenguaje que mis estudiantes.
Ver más
Ver menos