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LA RACIONALIDAD DETRÁS DE LA IRRACIONALIDAD DE DONALD TRUMP

En el mes de julio se cumplió un año y medio desde que Donald Trump asumiera el gobierno de Estados Unidos de Norteamérica. Si bien está acercándose a la mitad de su mandato, su figura sigue siendo un acertijo hasta el día de hoy, y no está exenta de una gran dosis de controversia. Muchos son los que aún se preguntan como tal personalidad ha llegado a ocupar el poder de la primera potencia mundial, pero también tantos así son aquellos que no logran comprender por qué se comporta cómo lo hace, y a pesar de ello, en numerosas oportunidades ha salido indemne y hasta victorioso de sus intervenciones.

Para ser honestos, es verdad que Donald Trump representa una excepción a la regla en lo que suele ser un dirigente político y más aún en el caso de una potencia mundial. Si analizamos cada uno de sus comportamientos, muchos de ellos nos parecerán que fueron llevados a cabo de manera irracional, impulsiva y hasta “caprichosa”. Sin embargo, su accionar no se caracteriza por nada de ello. Al contrario, responde a una lógica que no muchos vieron venir. A priori, digamos que Trump no está tan “mentalmente trastornado” como parece (rememorando las palabras con las que Kim Jong-un se dirigiera a él en una oportunidad).

Pero para comprender por qué se ha llegado a este escenario, primero es necesario entender de dónde se partió. Por lo tanto, comencemos con un análisis de situación sobre los años previos a la elección de Donald Trump como presidente.

Remontémonos a 2009, cuando el Partido Demócrata retomaba el poder, con Barack Obama a la cabeza. Estados Unidos buscaba dejar atrás una etapa fuertemente cuestionada por su intervencionismo externo (particularmente, la Guerra de Irak) y el excesivo gasto militar derivado de la proclamada lucha contra el terrorismo, allá por 2001. Así, se optó por un proyecto de gobierno que en el plano discursivo (ya que en la práctica no siempre fue así), a nivel interno, prometía transformaciones sociales importantes; y a nivel externo, el aprendizaje de los errores del pasado y la renovación de algunos postulados de la política exterior norteamericana. Estas ambiciosas ideas se apoyaban en los valores de un pensamiento político de corte progresista, liberal e idealista. En la práctica, implicaba una apuesta a la Globalización; la conformación de una sociedad más democrática, igualitaria, libre, pluralista y abierta; el libre comercio; el multilateralismo; la integración regional; la cooperación internacional y el respeto a las instituciones internacionales, entre otras cosas.

En promedio, durante estos 8 años de mandato, se alcanzaron considerables logros políticos, económicos y sociales. Sin embargo, también fue notorio el avance de un malestar generalizado de un amplio sector de la sociedad, integrado principalmente por las clases populares y trabajadoras (predominantemente, hombres de raza blanca muy ligados a las tradiciones históricas de su país y con un gran orgullo nacional), que se sintió cada vez más postergado en sus demandas sectoriales y, al contrario de otros grupos sociales, se vio excluido de los beneficios que en teoría acarrearía ser parte de un país paladín de la Globalización y avanzado en lo que hace a derechos y conquistas sociales. Veamos con algunos ejemplos como se origina este malestar.

Como señalamos previamente, uno de los objetivos de este proyecto progresista, liberal e idealista del gobierno demócrata fue la “construcción de una sociedad más democrática, igualitaria, libre, pluralista y abierta”. En la concreción de este objetivo (más allá de sus limitaciones en muchos aspectos), el Estado (a través del aporte de cada uno de los ciudadanos) intervino en pos de dar solución a la situación de sectores sociales considerados marginados hasta ese momento, como lo fueron los “inmigrantes”, los “refugiados”, los “negros” e incluso “las mujeres”. Todo ello, por medio de la ampliación de derechos y el otorgamiento de beneficios sociales.

Como consecuencia, las clases populares y trabajadoras del interior más profundo de Estados Unidos, que trabajaron toda su vida para obtener lo que tuvieron y que nunca recibieron nada por parte del Estado, consideraron que estaban frente a una situación injusta, y que sus recursos estaban siendo malgastados a favor del mantenimiento de sectores que no habían hecho nada por la construcción de la nación, llevándose todo “de arriba”. Así, percibieron que sus propios intereses, derechos y demandas estaban siendo postergados en pos de aquellos. Además, en el caso particular de los inmigrantes y refugiados (en su mayor medida musulmanes), el malestar era aún más grande, ya que no pertenecían ni siquiera a esta nación, y a su vez, no sólo constituían para ellos una amenaza a la identidad nacional (por la intromisión de su cultura y la mezcla de sus razas) sino que también eran considerados una fuente potencial de grupos terroristas al interior de territorio norteamericano.

Otro ejemplo clave para entender este malestar, es la apuesta por parte del gobierno demócrata, a la Globalización y al Internacionalismo Neoliberal, materializada en la firma de tratados de libre comercio; la conformación de bloques de integración regional; la cooperación internacional; el multilateralismo y el respeto a las instituciones internacionales. En la puesta en práctica de estos mecanismos institucionales liberales, el Estado (en ocasiones, pero no siempre) se vio obligado a limitar su accionar a nivel internacional y a reducir una cuota de su poder en pos de intereses colectivos y ajenos (más allá de satisfacer algunos intereses propios).

De este modo, aquellas mismas clases populares y trabajadoras caracterizadas por un notable conservadurismo y nacionalismo, consideraron que su país estaba reduciendo su margen de maniobra en temas considerados de interés nacional, permitiendo que instituciones internacionales y otros Estados “violen” su soberanía. Y particularmente en lo que hace a los tratados de libre comercio y bloques de integración regional, fueron vistos como espacios donde los beneficios que se derivaban de ellos, se repartían desigualmente, favoreciendo más a los Estados extranjeros y sus actores sociales (empresas multinacionales), a costa del trabajo norteamericano.

Por lo tanto, estos sectores sociales nunca se vieron representados por el gobierno de Obama y el proyecto globalizador liberal con el cual se identificaba. Esto produjo un caldo de cultivo para el renacimiento de expresiones políticas más extremistas que respondieran y canalizaran esas demandas que la política tradicional no atendía. Así, no sólo estamos frente a un cuestionamiento de una visión política determinada sino también hacia quienes llevaban a cabo esa visión a la práctica, es decir, la clase dirigente tradicional, o como suele denominarse, el “establishment”.

Y quién mejor para representar esas demandas no satisfechas por la clase política tradicional que un “outsider”. Eso es Donald Trump. Un personaje que no proviene de la política, sino del mundo empresarial, y que supo interpretar y canalizar las frustraciones e insatisfacciones acumuladas por años de millones de ciudadanos norteamericanos que se sentían postergados en los repartos de los beneficios de la Globalización. Utilizando como base al Partido Republicano (con el cual se sentía identificado) y portando un discurso con un fuerte tinte nacionalista, populista y xenófobo, logró ganarse la admiración y el voto de millones de norteamericanos que estaban cansados y desilusionados con un una política que durante años no les había dado “nada” a cambio de “todo”. En otras palabras, el magnate era el indicado para dejar de ser “extranjeros en su propio país” (Hochschild, 2018) y terminar con un orden institucional que favorecía a “extraños” que estaban viviendo a costa de su sudor y trabajo.

Inclusive, para marcar una ruptura con esta forma de gobernar, era necesario adoptar otro estilo, un poco más informal, que se saliera del libreto y que no respondiese a los estándares tradicionales de comportamiento de la política norteamericana. Así es como se explica su tono más agresivo, franco, improvisado y disruptivo; el abuso del uso de medios de comunicación más modernos como las redes sociales y la indiferencia hacia los protocolos y tradiciones históricas de Estados Unidos. Claramente, Donald Trump ha sido un innovador en lo que es la comunicación política.

Teniendo en cuenta lo dicho, se hace más fácil comprender la razón detrás de sus discursos y comportamientos/decisiones más controversiales hasta la fecha, entre los cuales se encuentran: el cierre de fronteras a migrantes de un conjunto de países musulmanes; el anuncio del fin del programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA); el control de la justicia a partir de la designación de jueces más afines a sus ideas en la Corte Suprema; los intentos de terminar con el Obamacare en materia de salud pública; la salida del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y la guerra comercial iniciada contra Canadá, China y sus aliados europeos; la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN); la reforma fiscal que reduce en gran medida los impuestos para las empresas y ciudadanos; el abandono del Acuerdo de París sobre cambio climático; la exigencia a sus aliados de la OTAN para que hagan mayores esfuerzos financieros y militares; las amenazas contra Corea del Norte y la concreción de un acuerdo acorde a su medida; la respuesta militar inmediata contra el régimen sirio ante la supuesta utilización de armas químicas contra su población; la continuación de la guerra de Afganistán; la guerra contra el ISIS; el traslado de la embajada norteamericana en Israel hacia Jerusalén, reconociéndola como su capital; el decreto para la construcción del muro con México; la salida del acuerdo nuclear con Irán y el retiro de la UNESCO.

Como podemos observar, todas ellas responden a esta lógica populista, nacionalista y xenófoba, e intentan romper con el orden globalizador y liberal precedente.

En síntesis, todo lo argumentado hasta aquí nos permite comprender mejor el porqué de los lemas de su campaña presidencial “Make America Great Again” (“hacer a Estados Unidos grande de nuevo”), para el plano nacional y “America First” (“Estados Unidos primero”), para el plano internacional. En mayor o menor medida, con sus pros y sus contras, ambos han sido puestos en marcha, lo que se refleja en la prioridad dada a las clases populares y trabajadoras de la sociedad norteamericana y en una política exterior regida principalmente por el interés nacional. Ahora resta ver cómo su gobierno sacará provecho de los índices económicos positivos del último trimestre (crecimiento del PBI en 4,1% y disminución del desempleo a su nivel más bajo en años) para las elecciones de medio término en noviembre de este año, en las cuales se juega el futuro/destino de este modelo de gobierno.