Al menos una vez por semana Alfonsina visitaba el Centro de atención Primaria de la salud cercano a su domicilio. A veces buscando alimentos, otras veces medicación. En otros momentos llevaba a alguna de sus hijas al vacunatorio o consultorio odontológico. Era muy conocida por cada trabajadora del centro de salud y además muy conocida en el barrio.
Cuando comencé a trabajar como psicóloga clínica ahí, observaba cómo era tratada con desprecio. Nadie quería atenderla, no me quedaba claro el motivo, quizás por algo que desconocía.
Al poco tiempo Alfonsina solicitó un turno con el área psicológica, y de esa forma, se convirtió en una de mis primeras pacientes. Debo reconocer que me sentía nerviosa la primera vez que llegó a mi despacho. Me doblaba en tamaño, o por lo menos eso percibía yo y la intriga del por qué era tratada con tanta distancia me llevaba a pensar que iba a tener que medirme con mis palabras.
Lo sorprendente es que esa idea desapareció al instante que entró por primera vez al consultorio. Me encontré con una persona encantadora y no podía entender por qué el resto de mis compañeras la evitaban. Se mostró muy comprometida con el inicio del tratamiento y posteriormente, todas las semanas ocho y cuarto esperaba en la sala de espera.
Las sesiones eran únicas, como con cada paciente, pero en este caso, ella irradiaba luz. Por momentos reíamos, por momentos lloraba desconsoladamente y su angustia me llegaba al alma. Podía sentir exactamente lo que me trasmitía. Tenía las emociones a flor de piel y no tenía miedo a decir lo que se le cruzaba por la mente.
En una de las sesiones, me contó que su hija mayor de aproximadamente once años, había tenido una experiencia horrible en el colegio la semana anterior. Refirió que su hija se encontraba angustiada pero que no le quería contar por vergüenza. Alfonsina le contestó que podía contarle lo que sea. Su hija le manifestó que un compañero del aula le había tocado sus partes íntimas.
Inmediatamente, Alfonsina quedó perpleja, y le contestó que no tenía por qué sentir vergüenza, que no era su culpa.
En ese momento se hizo un silencio y prosiguió diciendo por lo bajo, 'Me di cuenta de algo, al decirle eso a mi hija…que yo tampoco tuve la culpa de haber sido abusada por mi suegro'. Y sus lágrimas brotaron como desde una cascada.
Recuerdo como si fuera ayer, el consultorio achicándose, quedando ella y yo, frente a frente y el dolor que nos atravesaba. Lo primero que atiné a decirle que es ninguna tenía la culpa, que había hecho muy bien en contestarle eso y que lamentablemente le tuvo que pasar a su hija para que ella se diera cuenta de que tampoco había tenido la culpa.
´Es la primera vez que se lo cuento a alguien, en realidad se lo conté a mi marido pero él me dijo que su padre era incapaz de hacer algo así, que seguramente lo habría provocado… y me lo creí…' lloraba desconsoladamente. Esa sesión marcó un antes y un después en el tratamiento. Ese día Alfonsina pudo desprenderse de una mochila muy pesada que llevaba hace años.
A las pocas sesiones llegó al consultorio con una carta, que le había escrito el fin de semana anterior a su marido. En la carta expresaba todo lo que sentía desde hacía mucho tiempo. A medida que la ella leía en voz alta y clara, yo observaba cómo expresaba con el corazón cada palabra. ´Me encanta como escribís, deberías hacerlo mas seguido´. Le comenté 'Nunca nadie me dijo eso, lo voy a empezar a hacer'. Respondió.
A la sesión siguiente llegó a la consulta con un cuaderno que se había comprado días atrás ' nunca escribí tanto como esta semana, este cuaderno lo tengo todo el día encima y cada vez que se me ocurre algo lo agarro, mis hijas me miran sorprendidas, nunca me vieron escribir así, tan metida en algo', comentó sonriente.
Con el tiempo, Alfonsina comenzó a dejar atrás la mujer abandonada, a conectar con sus emociones, sus pensamientos, su cuerpo y su hogar; consiguió trabajo cuidando una niña del barrio, colocó pisos en su casa y compró juego de comedor.
Un día, trajo a sus hijas al consultorio odontológico, me la crucé en el pasillo y les dijo a ellas 'ella es mi psicóloga' con una sonrisa que mostraba admiración. En ese momento no pude decir nada, me quedé callada; pero si hubiese podido decir algo, le hubiese dicho 'y vos sos una luchadora'. Quizás eso era lo que irradiaba y de alguna manera rechazaban mis compañeras. El hecho de enfrentarse a una mujer fuerte, como se diría 'sin pelos en la lengua'. Reconozco que también me sentí intimidada, pero me permití conocerla y descubrir el poder que tenía… darme cuenta que lo que muchas personas ven como negativo, yo había aprendido a rescatarlo como positivo. Eso es lo mágico de la terapia: descubrirse, crecer juntas, mejorarse como personas, aprender una de la otra.
Alfonsina comenzó a escribir por una recomendación mía, yo comencé a escribir por varios motivos, pero si hoy estoy escribiendo este relato, en algún punto entiendo que se lo debo a ella. Agradezco haberla conocido y que la vida la haya puesto en mi camino.